Supongo que te sorprendió. Pensabas que iba a esperar eternamente a que decidieras que era verdad eso que decían, eso que se veía en nuestros ojos cuando nos reíamos, cada vez que nos tocábamos, cuando nos repetían una y otra vez lo perfectos que éramos, y la buena pareja que hacíamos. Pero todo eso se fue a pique, y acabamos sólo siendo conocidos que habíamos sido más. Nunca hubo un beso, un beso que nos pudiera haber dado esperanza, que me hubiera ayudado a soñar, que hubiera hecho que a lo mejor soñara despierta pensando que ibas a volver. Algunos besos en la mejilla y nada más. Alguna mirada que sabía que significaba más. Nunca supe si eso fue porque yo no te di ninguna oportunidad o simplemente tú no tuviste el valor porque pensabas que estaría siempre por ahí, mientras yo acababa siempre esperando a que tú dieras el primer paso. Pero no fue así, y te fuiste. Regularmente dabas señales de vida, sólo para impedir que yo olvidará que existías, para que siguiera ahí como posible colchón de salvación por si algún día necesitabas a alguien y no había nadie en tu vida y que yo seguía estando ahí donde me habías dejado, donde me habías abandonado.
Por eso, sé que cuando me viste, sonriendo, con él, sin pensar que tú podías estar observándome, desde la distancia, algo en tu cerebro cambió. Esa siempre fue tu especialidad, la de despegarte de las cosas para evitar que te hicieran daño, pero ese mismo daño, el que tú me hiciste cuando empezaste a distanciarte, no me arrepiento de habértelo provocado. Porque no solo puedes ser tú el que hace daño, a veces tú también tienes que sentirlo.
Y cuando me viste con él, no pudiste más y por eso, lo de observar desde la distancia ya no fue suficiente, porque yo te importaba, al menos lo suficiente para que te acercaras para fastidiar lo bien que yo lo estaba pasando. Lo bien que me lo estaba pasando sin ti, supongo que eso fue lo que realmente te molestó, que yo estuviera sonriendo sin que tú fueras el que recibía la sonrisa, sin que fueras tú el que la provocaba, sin que fueras tú el que me recompusiera cuando lo pasaba mal.
Era un juego para ti ¿verdad? El mismo juego de toques que hizo a la selección española el azote de los partidos de todos los Mundiales y Eurocopas que se celebraban mientras éramos amigos. Si no nos movíamos entre la felicidad y el odio no era interesante, porque lo divertido no éramos nosotros, lo divertido era la pelea, era odiarnos a una hora y cinco minutos después ser amiguísimos. Eran esos continuos cambios de parecer lo que hacía que siguiéramos estando juntos, sin estar juntos. Creo que era más importante decir algo más parecidos a pasar tiempo juntos.
Pero en ese momento, en el que acercaste cuando yo no sabía que estabas ahí, yo me quedé congelada, no sabía qué decir, no sabía qué hacer, sólo supe volver a ser la niña asustada que te conoció. Esa niña que no sabía que podía conseguir, ésa que no sabía que podía gustarle a alguien sólo siendo ella misma. Pero yo había cambiado, ya sabía lo que era sufrir, ya no te necesitaba, ya no quería gustarte, ya sólo quería ser feliz, no me hacías falta para que sonriera como en un tiempo fuiste capaz de hacer.
Vi como tu cara se sorprendía cuando la cara de mi acompañante se giraba hacia ti y la veías, viendo que era guapo, mucho más guapo de lo que eres tú, y de lo que serás. Cuando en los cristales de sus gafas de sol se reflejaba tu cara de asombro. Todavía no comprendo porque te sorprendió tanto que estuviera acompañada de alguien atractivo, pero estoy acostumbrada a que te sorprendas con todo lo que hago.
Hubo un tiempo en el que tanto tú como yo sabíamos en qué tecla tocar para hacernos daño mutuamente. Todavía no comprendo por qué hacíamos eso, por qué nos hacíamos daño.
En el momento en el que Douglas se dio la vuelta y yo pude ver tu cara supe que yo todavía te importaba y tú no me importabas tanto como lo habías hecho, tanto como cuando pasábamos tanto tiempo juntos, a veces, mañana, tarde y noche, para despedirnos en la puerta de nuestras casas hasta dentro de unas horas. Siempre con una sonrisa, con una broma, con cualquier manera de hacer que esperara ansiosamente la mañana siguiente.
Hubo la conversación de cortesía, hubo esas frases que intercambiaría con cualquiera, con cualquiera que no me importara tanto como me importaste tú. Cuando te despediste, vi tu cara, vi tus ojos de tristeza cuando en vez de mirar como te alejaras, volvía mi cara a Douglas y me reía con sus comentarios.
No esperaba que me vieras en una de las terrazas del pub de nuestro barrio en Londres. No esperaba encontrar a nadie, no esperaba conocer a nadie que no fuera inglés allí, nadie que me conociera de antes.
Allí estabas tú, en Great Portland Street, cruzaste la calle y apareciste en la mesa. Me levanté cuando dijiste mi nombre, casi como susurrándolo, casi me desmayé cuando volviste a pronunciar las sílabas que componen mi nombre. Douglas escuchó mi nombre y aunque no entendió nada de todo lo que me dijiste, tuvo el tiempo suficiente de escuchar nuestro tono de voz y se dio cuenta de que algo más pasaba ahí.
Aunque fueras un cerdo, no he encontrado todavía a nadie que me consolara como tú aquel día, que me alegrara y me ayudara a olvidar mis problemas de esa manera. Ese día que me sorprendiste tanto, fue el único día en el que me demostraste que podías ser diferente, el único día que pensé que podía cambiarte.
Pero no fue así, ni yo te pude cambiar ni tú quisiste cambiar por mí, así que seguimos caminos distintos, cruzandonos de manera casual de vez en cuando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario